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lunes, 9 de mayo de 2016

Caí en la cuenta



Edwin Rolando García Caal
10 de mayo de 2016

Vi una pareja con un bebé. Ella llevaba una pañalera y él al pequeño, envuelto en un cobertor color celeste. Subieron al bus. Él pagó. Ella se sentó y él de forma inmediata recargó sobre los brazos de ella, al dormido infante. Nadie se asombró, nadie se extrañó. Esto es más común que los piropos que deben soportar las mujeres cuando pasan frente a un edificio en construcción. La sociedad ha cambiado. Cuando yo nací, el esposo debía caminar delante. La mujer detrás. Ella llevaba al bebé y la pañalera. Si los niños ya eran varios, ella los llevaría igual. El hombre caminando delante, con un machete en la cintura o con un ataché. Ahora todo ha cambiado. En las pláticas antes del parto se escucha a las Licenciadas del trabajo social afirmar lo siguiente: No estás sola en esto, tu pareja es tu mejor apoyo. 

Hoy mi día fue diferente. Durante el desayuno, me quedé fijamente analizando la conversación de dos mujeres adultas, en una mesa de al lado. -¿Dormiste bien? No me digas que el bebé te desveló. -Así parece. Estiven se quedó dormido como un tronco. Ayer le tocaba cuidarlo y se durmió. Pero lo consideré, porque durante el día tuvo que descargar un camión. Espero que eso no se haga rutina, porque yo ya no aguanto tanto desvelo. Nunca pensé que los bebés fueran vampiros. –No lo dejes. Hoy que llegue, recuérdale que debe reponerte la noche de ayer. Si no se va a acostumbrar. Regresé a mis pensamientos. Si que ha cambiado nuestra cultura. “Ayer le tocaba cuidarlo”, que expresión tan rara. Cuando yo nací, la mujer era la responsable de los niños. El hombre para eso trabajaba. De día se trabaja, de noche se duerme. La mujer amamanta al niño, de día y de noche. En la conversación que analicé, noté algunos detalles adicionales. Eran las 10 de la mañana. Si tenía a un bebé que la desvelaba, qué hacía esa mujer en un restaurante, conversando con una amiga, a media mañana. ¿Dónde estaba el bebé? ¿Tenía a alguien que se lo cuidara en el día?

¿Cuál es la bendición de ser madre? He visto muchas veces un rótulo en la clínica pediátrica a la que llego frecuentemente a trabajar. Dice más o menos así: “Madre, duerme todo lo que puedas, la salud de tu bebé depende de la tuya. Si no duermes de noche, procura dormir durante el día. Reduce tus actividades domésticas y laborales, todo puede esperar. Disfruta de tu bebé, cógelo, abrázalo, bésalo, este es tu momento. Déjate consentir, tú no tienes por qué rechazar la ayuda. Las otras mamás son tus mejores aliadas”. Si que ha cambiado la vida. Cuando yo nací las madres no reducían sus responsabilidades, las incrementaban.

Cómo es eso de que “Es tu momento”. Cuando yo nací había algo muy claro. Una madre sería madre toda la vida, no sólo un momento. Tenía la responsabilidad de criar un buen hijo. Un buen padre. Un buen ciudadano. Ahora resulta que los consejos dicen: “Ayúdale a tu hijo a saltar en los charcos”. “No le niegues nunca un abrazo”. “Enséñale a besar mariposas”. “Déjalo ser, las paredes se pueden volver a pintar”. “Puedes lavar los platos más tarde, juega con él”. “Recuerda, los gritos de mamá duelen para toda la vida”. “Respira”. “Trabaja menos, quiérelo más”. Ahora entiendo por qué ha cambiado tanto nuestra sociedad. Cuando yo nací, los besos de la madre se tenían que ganar barriendo el patio, lavando los trastes, cortando leña. Acarreando agua. Una madre no hacía su trabajo a un lado para jugar con los hijos. Cuando yo nací, las madres no se metían en la vida del niño. Era el niño quien debía insertarse en la vida de la madre. El trabajo era primero, el amor era un premio. Ahora resulta que el consejo es “El padre debe participar en todas las tareas del cuidado del niño”. Cuando yo nací, el padre llegaba de noche, cenaba, resolvía los problemas de la casa, daba instrucciones y luego se iba a dormir. Ahora, no se sabe quién es el papá y quién es la mamá.

Cuando yo nací, el consejo más común de las madres a las niñas era “primero aprende a cocinar y luego a buscar novio” y a los niños “primero aprende a trabajar y luego a buscar novia”. Sin embargo, también era común escuchar a una madre decir: No me importa que seas hombre, tienes que aprender a planchar, a lavar, a cocinar; de repente te conseguís una mujer huevona y le tendrás que enseñar”. Eran palabras importantes. Una niña con los labios pintados era una niña castigada por la madre. Ahora veo por qué nuestra sociedad ha cambiado tanto. Son las mismas madres las que compran los pintalabios y los vestidos provocativos de las actuales adolescentes. Ahora no hay límites para los hijos y las hijas, pueden abrirse agujeros por cualquier lado para ponerse aretes, tatuajes y colores. Ya no hay un modelo de persona. Las madres quieren ser amigas y no madres. Han dejado un vacío de autoridad que cualquiera puede ocupar.

Y al analizar todo esto caí en la cuenta, por qué soy una persona centrada. Fui un bebé que salía a trabajar envuelto en un rebozo. Porque mi madre no tuvo esposo. No hubo un hombre que me llevara en los brazos mientras ella cargaba pañaleras. Ella no era niñera. Era madre. Una madre que antes de ponerse a jugar con su cachorro, debía encontrar el alimento y abrir un chorro para ponerse a lavar la ropa ajena. 

Cada vez que nos dormimos sin un pan en el estómago, me explicó por qué no teníamos mucho. Me repetía sin cesar, “si yo tuviera estudios, si yo tuviera un título”. Sumido en la peor pobreza me enseñó la importancia del estudio. ¡Qué enseñanzas tan profundas! Mi madre me enseñó con hechos que en la vida hay que aprender a valerse por sí mismo. Ella estuvo sola en eso. Cuando yo fui un bebé un consejo de esa trabajadora social sobre la ayuda de la pareja, hubiera parecido un mal chiste. Ella se desveló. Claro que se desveló. A mayor pobreza más enfermedades. A mayor pobreza más penas y menos sueño. Ayer le tocaba cuidarme. Y al día siguiente, y al día siguiente. Esa era la costumbre. “Si no duermes de noche, procura dormir durante el día”. Qué expresión tan rara. 

Mi madre trabajaba de día. En su mirada cansada, pude aprender a soñar. A soñar despierto. No todo puede esperar. El tiempo se acaba y la juventud se va. Las canas aparecen y la vejez te visita, más pronto de lo que crees. Sí que ha cambiado la vida. Ahora caigo en la cuenta que mi madre me enseñó el significado de la responsabilidad. Me pegó. Con un chicote de caballo. Me pegó por llorar, me pegó por salir sin su permiso. Me pegó por llevar a compañeros de la escuela y entrarlos a mi casa. Me pegó por salir a recoger tapitas para construir la alfombra que pidió la maestra. 

Me pegó por recibir un globo de un extraño. Me pegó por quemar los frijoles y por romper las tortillas. Me pegó por romper la rodilla de los pantalones. Me pegó por volver de la escuela 5 minutos más tarde. Me pegó cuando olvidé lavar los trastes. Me pegó por no barrer bien. Me pegó por dejarle arrugas a la cama. Me pegó por comer frente al televisor. Y me pegó porque tenía ganas de pegarme. Ella era la que mandaba y yo el que obedecía. Y cada vez que me pegaba me hizo desear con todas mis fuerzas llegar un día a convertirme en el que mandaba. Mi mamá me pegó si saltaba en los charcos. Me pegó por manchar las paredes. Me pegó por quebrar los vasos. Me pegó por comerme un pan de más. Me pegó por bañarme con mucha agua. Y entre todo eso, jamás me enseñó a besar mariposas. 

Y aprendí. Cada vez que me pegó, aprendí. Aprendí que la comida no abunda. Que el agua no se desperdicia. Aprendí que si la haces, la pagas. Aprendí que el tiempo está medido. Aprendí que antes de amar hay que trabajar. Aprendí que no puedo vivir de regalos. Aprendí que lo que tengo que hacer lo debo hacer bien. Aprendí que las rayas no son arte. Y cuando me comí un pan de más, no sólo me pegó, también lloró. Lloró porque ya no había más pan para el desayuno. Y su llanto dolía más que aquel chicote. Me hizo desear con todas mis fuerzas un cambio de vida. Yo no la odiaba a ella. Odiaba la pobreza. 

También aprendí a ganarme sus besos. Cuando fui el mejor de la clase. Cuando vio en mí, la esperanza de un futuro mejor. Cuando hacía la limpieza porque ella estaba enferma. Cuando aparecí entre los personajes de una obra de teatro. Cuando le escribí mi primer poema. Cuando le celebré el día de la madre con una plancha, con una olla, con una licuadora. Por supuesto, eran las cosas que no teníamos. Mi madre no me abrazó cuando terminé de lavar los platos. Menos cuando arreglé mi cama o planché la ropa. Siempre dijo que esa era mi obligación. Por cumplir con mi obligación, me dijo que jamás esperara algún tipo de premio. ¿Por qué llevarle a la maestra una manzana por cumplir con su obligación? ¿Por qué llevarle a un médico una gallina? ¿Por qué llevarle a un funcionario público un cheque? Ahora caigo en la cuenta que mi madre me enseñó a rechazar la corrupción.

Mi madre, una mujer sin estudios, me enseñó a estudiar. Aquella mujer sin recursos, me mostró las leyes de la economía. Todos los recursos son escasos. Inclusive el tiempo. Entre todas las limitaciones me enseñó a planificar. Yo ya sé lo que haré mañana, y pasado mañana, y el mes entrante, y el año entrante. Aprendí que aquello que es escaso se valora más y por eso, los besos que le arranqué son mis grandes tesoros. Entre todo lo que me enseñó hay algo que practico todos los días. Es una frase sencilla: “Dios te bendiga”. La digo al llegar, la digo al salir. Desde hace mucho, es mi forma de saludar.

Es que ella me enseñó a agradecer y a cantar. Cuando ella cocinaba, cantaba. Cuando ella planchaba, cantaba. Tenía una forma especial de agradecer por la vida. Agradecer por la comida. Agradecer por la ropa. Agradecer cuando todo va viento en popa. Innumerables veces la observé regalando comida a los mendigos de la calle. Y otras muchas, me dio las monedas para que yo las echara en el canasto de la iglesia. Hoy, más que nunca, mi alma está llena de agradecimiento. 

Alguien llegó a mi casa y se admiró de lo que tengo. Doctor, me dijo. “Se nota que a usted le ha sonreído grandemente la vida”. Así es, le dije. Dios me dio a manos llenas. Pero se mandó cuando me dio a mi madre. Ah, comprendo, me dijo. Tiene todo esto por herencia. Es correcto, le dije. Esta es mi herencia. La casa, los carros, los títulos universitarios, los viajes, los juegos, ese gran jardín. De mi autoría será construir una bonita familia, espero en Dios, no equivocarme. -Pues tiene todo lo que necesita me dijo. Con tanto lujo eso ha de ser fácil. -No lo crea, respondí. El dinero y los lujos, no lo son todo en la vida. Me lo enseñó mi madre.

Y su madre, vive con usted ahora. No, ella está de viaje. Vive 6 meses en su casa de Guatemala y 6 meses en Estados Unidos con mi hermana. 

-¡Qué vida!, me dijo. 

-Yo creo que se la merece, respondí. No es fácil ser una buena madre. Ella tuvo que practicar mucho, hasta que al fin lo logró. 

-Ah, entonces tiene muchos hijos, completó. 

-No, para nada. Ella tuvo que practicar mucho, porque no se es buena madre sólo porque se tiene un hijo. Si usted la viera ahora, ella no es la sombra de lo que fue. Antes era muy enojada. Ahora es todo amor. Me dice frases bonitas, me llena de besos y me da sus abrazos. Cuando la visito, me atiende como a un rey.

Ahora caigo en la cuenta, que la madre que reconozco ahora sólo la logra identificar el hijo que soy ahora. Porque mientras ella aprendía a ser la mejor madre, yo aprendía a ser su hijo. Ella ha sido creada como un diamante. Según el diccionario, la mayoría de diamantes naturales se forman en condiciones de presión y temperatura extremas. La mejor característica de un diamante es su dureza ya que el diamante es el material natural más duro hasta ahora conocido. La segunda característica que le asigna valor es su tenacidad lo que significa resistencia a la fractura. Su tercera característica es el color. Este es un detalle asombroso. El origen de los colores en un diamante está relacionado con los defectos que posee. 

Hoy, sin pretender hacer un análisis de mi madre, caí en la cuenta que en ella tengo un diamante, que con el tiempo se ha convertido en gema. Bonito reto me ha puesto, porque siendo yo su hijo, debo corresponder a su característica de dispersión óptica, lo que hace que un diamante sea apreciado por todo el mundo. 

¡Qué madre! Agradezco que con fuerza empujara mi destino, enseñándome a no quedar tirado en el camino. Hoy que estoy aquí como su hijo, no voy a recordar lo que me dijo, pero voy a recitar lo que he aprendido. Dios le bendiga madre. Mil trescientos grados centígrados nos han impactado en esta vida, pero al final hemos sido la combinación correcta de temperatura y presión. Quién iba a decir que el carbono se podría transformar en una gema. ¿Sabe cómo se identifican los diamantes sintéticos de los diamantes originales? En que sólo los diamantes originales suelen tener imperfecciones, pero son los más admirados. Algo que me alegra de todo este análisis es que con seguridad puedo afirmar que en nuestra historia, ya no hay carbono.

(Descargar en PDF)

martes, 19 de febrero de 2013

No más indiferencia

Edwin Rolando García Caal

Eran las 9:35. Finalizaba una jornada laboral. Ya estaba cerca de subir a mi vehículo. Sólo tenía que caminar dos cuadras hacia el parqueo. Para llegar era necesario atravesar algunos puestos de venta de comida rápida. Pero no son puestos formales, son carretas improvisadas en donde venden carne asada, tacos mexicanos, panes con algo, qué sé yo.  Muchos perros encuentran frente a estos puestos de comida su forma de sobrevivir. Más de alguien dejará caer un pedazo de tortilla, medio pan o un pedazo de carne que no quiso irse a la boca.

Pero ese día era peculiar. Una señora parecía divertirse jugando al ramo de la novia con pedazos de tortilla. Tiraba los pedazos al aire y los perros saltaban para ver quién tenía la fortuna de comer. En una de tantas tiradas. La tortilla llegó hasta media calle. Un perro pequeño, color negro, de esos que no tienen raza definida, se abalanzó para comerla. Un carro de velocidad normal, distraído o intencionado, arrolló a aquel animal.

La conmoción duró unos segundos. Se escuchó la misericordia de muchos transeúntes. Pobrecito. Se va a morir. El perro se arrastró hasta la banqueta y allí se quedó, temblando. ¿No tendrá dueño? ¡Qué pena! Pero luego de un minuto si mucho, de contemplar la escena desoladora, cada quién volvió a lo suyo. Total, es un perro. Aquella señora que lanzaba los pedazos de tortilla continuó haciéndolo. Dos perros se veían permaneciendo en el juego. Tres perros no. Uno blanco, uno negro, uno canela parecían ensayar un ritual espiritual que tenía que ver con aquel atropellado.

Cada uno se situó exactamente en la posición de los ángulos de un triángulo rectángulo. El atropellado en medio. Lo veían sin ladrar nada. Se echaron, cada uno en su posición. Como cuidando; como apoyando. Sentí en el aire la fuerza de la solidaridad y la esperanza. Sin nada que pudieran hacer. No tenían los instrumentos, no tenían los conocimientos. Era algo que no podían resolver. Ellos son de aquellos que no pueden pronunciar palabras de aliento pero pueden estar allí. Sin decir nada, sin pedir nada. Sólo acompañando. Tratando de hacer llegar con su presencia aquel mensaje de NO MÁS INDIFERENCIA.

Pero no eran amigos. Los amigos no compiten por quitarse la comida de la boca. Por eso es admirable que aquellos que se ven por asuntos de trabajo, sacrifiquen su comida en atender las necesidades de aquel que compite por quitarles sus ingresos. Aquello no fue asunto de segundos. Asunto de segundos fueron las miradas de la gente que en tono de hipocresía expresó su indignación, pero dando vuelta la cara olvidó casi de inmediato la cuestión del sufrimiento ajeno.

¿Cuánto tiempo estarían los perros así? Guardianes de la muerte. Esperando que aquel que respiraba con problemas, entregara al Señor que lo da todo, su vital aire de vida. ¡Qué irónico! Perder la vida, por comida. Este perro perdería la vida. Otros la pierden con algo más, dejando esparcido en el camino, los abrazos del amor y del anhelo. Y ¿qué les quedó a quienes esperaban su retorno? Nada. Esperaban comida, esperaban el regreso y no les quedó ni eso. Ahora esperan a los dueños del consuelo.

Cuando entré al parqueo, buscando el carro vi un chorro. Visualicé también la tapadera plástica de una magdalena. Se me ocurrió que podía ofrecerle al atropellado un poco de agua. Eché agua hasta la mitad y salí en busca del futuro difunto. De pronto y le ayudaría. Como esas recetas mágicas que sólo funcionan en un mundo que no es humano.  Coloqué el agua a escasos centímetros de su rostro, pero nada. No se inmutó. Parecía que lo que esperaba era lo deseado. Tal vez ya no tenía motivos y su sufrimiento no quería alivio. Los tres compañeros del camino seguían allí esperando el desenlace, siempre en sus posiciones triangulares. De pronto ocurrió lo inesperado. Una señora desharrapada llevando por las manos a dos niños menores de 5 años, irrumpió la escena. Gritando el nombre del perro atropellado le cuestionó ¿Qué hacés allí? ¡Vamos! Y aquella palabra expresada sin delicadeza y desconociendo lo acontecido, fue más fuerte que la adrenalina generada por aquel golpeado organismo. El perro se levantó. Medio tambaleando, medio renqueando. Tomó del agua transparente hasta casi terminarla. Y como si los milagros en su estilo de vida no se habían agotado persiguió con paso lento a aquellos niños que volteaban esperando su llegada.

Fue asombroso ver a aquellos cuatro perros levantarse al mismo tiempo. La dueña del atropellado entró dos casas adelante. El perro se echó en cinco ocasiones más, se levantó pero no entró.  Cada vez que se levantaba parecía estar más fuerte. La dueña salió, se dirigió hacia la panadería compró el pan y le tiró dos de francés. El perro comió. No se veía del todo repuesto pero sí se le veía dispuesto a superar aquellas dolencias. Tal vez lo importante es recordar que hay alguien que siempre nos espera. Eso que no es material y que circula por las venas distribuyendo entre la carne y el espíritu la fuerza de la vida.

Todos estaban nuevamente dispersos. Cada quién en lo suyo. La luz de otro carro alumbró la calle que para esa hora de la noche ya estaba desierta. Aquí viene la reacción. Los perros que cuidaron al atropellado se abalanzaron hacia el carro, ladrando y reclamando los golpes sufridos por aquel. El atropellado reaccionó y empezó a correr también al carro que pasaba. Allí está. ¡Hay alivio en reclamar!

Cada carro que pasó recibió las amenazas de los perros. El reclamo de los golpes que tal vez no propinaron otorgó a la media noche un ambiente de penumbra y de consuelo. Tal vez esos carros no fueron, pero quién le dice a un perro que no es cierto que los carros son iguales. Saqué mi carro del parqueo y me di cuenta que había esperando mucho tiempo por aquel raro desenlace. Pero estaba contento. El final no era triste y la vida me había enseñado otra clase de lección. Sin palabras, pero no me hicieron falta. Como plana de escolar, cuatro perros que ladraban a los carros que pasaban me decían en su idioma, que compadecer sin apoyar es igual a ignorar. Alguno expresará que No se soluciona nada con ladrar hacia los carros. Pero no es para los carros el remedio. Es para el atropellado. Sentir que alguien te acompaña en lo que decides hacer, aunque no solucione tu problema, te inyecta una fuerza extraordinaria que se llama “NO MÁS INDIFERENCIA”. 
 
Fotografía: http://stopalmaltratoanimal.blogspot.com
 
 

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Diccionario básico del ser humano

La vida y otros conceptos afines (Los que necesitas para ser feliz) 

LA VIDA: es una infinidad de ríos que corren rumbo a todos lados, pero en lugar de agua llevan fresco. Hay de fresa, de naranja, de mandarina, de limón, de mango. Cada río tiene su propio sabor y como su corriente se encuentra en constante movimiento, el fresco siempre está renovado.

LOS SERES HUMANOS: Son personas destinadas a viajar de río en río, cargando un pesado saco en su espalda.

LA MISIÓN DE CADA SER HUMANO: Es probar el sabor de cada río, hasta encontrar el que más le guste y para eso tiene un tiempo determinado; cuando una persona encuentre su sabor predilecto, deberá cesar la búsqueda y asentarse a vivir junto a ese río, para disfrutar su sabor el resto del tiempo que le quede.

LA ESTRATEGIA: De algunos es viajar solos, olvidando a su familia, pero cuando encuentran el mejor sabor, no lo pueden disfrutar porque salen en busca de su familia y en eso se les acaba el tiempo.

LAS ACTITUDES: En cada persona son variadas. A muchos se les termina el tiempo antes de encontrar el sabor que más les gusta y todo porque entablan vanas discusiones intentando analizar los componentes de cada sabor.

LOS CONFORMISTAS: Se quedan en el primer río que encuentran porque creen que así es más fácil y su conformismo hace que terminen su tiempo con total desconocimiento de los otros sabores. Ellos creen que el mejor sabor es insípido.

LOS AVENTUREROS: Se aventuran de río en río sin más armas que su propio gusto y el saco que llevan sobre la espalda; en el camino conversan sobre lo mucho que pesa el saco, pero están conformes con su destino y aunque no sueltan el saco para nada, aún así encuentran el sabor que más les gusta.

LA SUERTE: Hay todavía un grupo que arrojando monedas al aire decide en qué río asentarse a vivir. Unos han tenido suerte, otros muchos están arrepentidos.

LOS ORDENADOS: Son otro de los tantos grupos, ellos consiguen mapas para hacer la búsqueda más ordenada. Además de los mapas también tienen instructivos muy detallados.

LOS MAPAS: Fueron hechos por otros buscadores que ya tuvieron la dicha de encontrar su sabor preferido. Ellos hicieron los mapas y por eso han sido llamados “los estudiosos”.

LOS ESTUDIOSOS: Casi siempre encuentran el mejor sabor, además con el estudio de los mapas y otros instructivos, descubrieron que lo que llevan en el saco es azúcar y que agregándole cierta medida al fresco que quieren probar, descubren su verdadero sabor

EL AZÚCAR: Es el secreto de la vida, todo el mundo lleva su saco de azúcar pero no sabe para qué sirve, aunque la mayoría lo descubre cuando ya le queda poco tiempo.

LOS HARAGANES: Son un grupo que desde un principio decidió tirar el saco que debían cargar; ellos, entre más ríos prueban, más se convencen que la vida sólo tiene un amargo sabor.

LA EXPERIENCIA: Mientras pasaban los siglos, “los estudiosos” le fueron cambiando el nombre a las cosas. A cada río le llamaron “Experiencia” y definieron a la vida como “la sucesión de experiencias”.

EL MEJOR SABOR: El mejor sabor fue llamado “Éxito”. Así que capacitan a las personas para que aprendan a encontrar el éxito.

EL CONOCIMIENTO: A los mapas e instructivos les denominaron “Conocimiento” y también han creado innumerables centros de enseñanza para garantizar que las personas puedan utilizar “el conocimiento” adecuadamente. Lo malo es que a algunos se les termina el tiempo estudiando, sin haber probado del primer río.

LA FELICIDAD: Al azúcar, los estudiosos le llamaron “felicidad”. Y este es quizás el descubrimiento más importante que han realizado. Ahora saben que sin azúcar, el sabor de cualquier fresco es insípido. Además, ahora valoran que el saco de azúcar pese más y están investigando cómo hacer para tener más tiempo.

CAMBIOS INNECESARIOS: Ante estos cambios aconteció que quienes no entendían los nuevos conceptos, se encontraron perdidos en la vida, sin saber qué hacer.

UNA SOLUCIÓN INVENTADA: Para resolver el problema, “los estudiosos” decidieron colocar en las carreteras, rótulos publicitarios en donde se expresa que ‘La vida es la sucesión de experiencias por las que cada persona debe atravesar para encontrar el “éxito”, utilizando como medios para lograrlo el “conocimiento” y “la felicidad”.

EL DILEMA: Este cambio de nombres, de todos modos ha provocado confusión en muchas personas; y hoy en día, hay quienes piensan que “la vida es la búsqueda de la felicidad”

LA SOLUCIÓN: Para tratar de resolver la confusión que se creó con el cambio de nombres, (en lugar de regresar a los nombres originales), los estudiosos crearon un personaje cuya misión es explicar los nuevos conceptos de una manera sencilla, para lograr que todos entiendan pronto lo que deben hacer en la vida. A este personaje le llamaron Maestro.

EL MAESTRO: Es el personaje más importante de la era del conocimiento. Su misión es buscar el mejor sabor, seguido de un grupo de personas que no entienden los nuevos conceptos. Él debe hacer todo tan fácil para que muchos de sus alumnos puedan encontrar el mejor sabor aún antes que él.

EL SALARIO: El problema del maestro, es que le pagan por serlo. Entonces muchos se vuelven maestros aún sin entender, ellos mismos, los conceptos que tienen que explicar. Hay quienes hasta se quejan, diciendo que no alcanzan el éxito debido a que tienen que perder tiempo, explicándole a sus seguidores cómo entender la vida.

EL REGLAMENTO: Otros maestros, para diferenciarse de sus alumnos, en lugar de facilitar el aprendizaje de los nuevos conceptos, los han hecho más enredados y hasta han puesto reglas, leyes y lo peor de todo; hay maestros que obligan a sus alumnos a probar el fresco sin echarle azúcar. A esta regla le han llamado “examen”.

LA FORTUNA: Afortunadamente, hay maestros a quienes no les interesa el dinero. Ellos están utilizando los nombres sencillos: río, fresco, mejor sabor, azúcar, ser humano. Cuando un alumno no entiende el concepto, en lugar de hacerlo repetir, son ellos los que repiten. Algunos han repetido hasta setenta veces siete.

Autor: Edwin Rolando García Caal
Guatemala, 25 de junio de 2002.


viernes, 8 de julio de 2011

Un hombre presumido




Capítulo I


Leonel González nació en la ciudad capital y desde el momento de nacer vivió sólo con su madre. Su padre los abandonó.

Con mucha dificultad, Leonel estudió hasta tercer grado de primaria. Durante sus estudios descubrió que tenía una habilidad innata para dibujar. Su primer dibujo fue un trabajo de Tecún Umán que le pidió su maestra, doña Raquel Sáenz. Leonel se esforzó mucho hasta ver que su dibujo parecía real; lo presentó y ante su sorpresa, la maestra exclamó: ¡Yo pedí un dibujo tuyo y no dije que le pidieras a tu papá que te lo dibujara!

El niño respondió: Ese dibujo lo hice yo. Pero la maestra continuó: ¡Te vas a quedar de pie como castigo, por mentiroso!

Leonel se mordió los labios, estaba furioso y sobre sus mejillas resbalaron miles de lágrimas.
Durante todo el tiempo que duró el castigo, Leonel repetía para sí mismo: Este dibujo está muy bonito, yo soy un buen dibujante, yo soy un buen dibujante; aunque nadie lo crea, yo soy un buen dibujante.

Esa experiencia le costó mucho sufrimiento porque sus compañeros le pusieron como apodo “el mentiroso” y cada vez que lo nombraban así, revivía en su mente aquella mala experiencia.

Capítulo II

Leonel se retiró de la escuela por un año, en el cual se dedicó a trabajar como ayudante de albañil. Fue un largo año, el niño ya no pensaba en regresar a la escuela. En una oportunidad el albañil con el que trabajaba lo vio con las manos entre la bolsa y dándole una manada en la espalda, le gritó: ¡Sacáte las manos de la bolsa, patojo, que no sos licenciado, aprendé a hacer bien este trabajo porque de él vas a comer toda tu vida!

Leonel sintió la fuerza de esas palabras, como si dolieran más que la manada que había recibido.

Se repitió en su mente una imagen. Se veía a él mismo llegando con el malvado albañil y diciéndole: ¡Sí soy licenciado! y metiéndose las manos entre las bolsas del pantalón se mostraba orgulloso por aquel apelativo. Pero su sueño duró muy poco, porque otra manada sobre su espalda llegó de repente. Al mismo tiempo una voz fuerte repetía: ¡Ya te lo dije!

Capítulo III

Al año siguiente, el niño regresó a la escuela, trabajaba por las tardes y hacía sus tareas por la noche.

Los años fueron pasando y a pesar de su escasa edad se sentía muy cansado, pero ese esfuerzo se veía recompensado con sus buenas calificaciones. Sin embargo, su actuar pasó inadvertido por sus maestros y compañeros, que nunca le dijeron nada. A él no le importó mucho, tenía una meta: Ser licenciado.

El niño tenía sed, una sed de conocimientos que le hacía estudiar mucho y en oportunidades, ya siendo adolescente, aprovechaba su tiempo libre para visitar la Biblioteca Central. Como resultado de ese esmero, Leonel sabía un poco de cada cosa: poesía, música, literatura, artes plásticas, historia y… albañilería.

Los compañeros de estudio cambiaron su actitud. Ahora lo veían con desprecio y murmuraban entre sí: Leonel es muy presumido, cree saber de todo.

Capítulo IV

Leonel experimentó la soledad, así que se dedicó a hacer sus propias creaciones: poemas, canciones, historias, dibujos… pero sentía la necesidad de saber la opinión de los demás.  Preguntaba: ¿Qué les parece este dibujo? Sus compañeros respondían: hemos visto peores. En otra oportunidad decía: escuchen esta canción que hice. Los compañeros se tapaban los oídos y decían: ¡Nooo vos, no nos hagás soportar este sufrimiento, vas a quebrar los vidrios de las ventanas! y todos reían.

Capítulo V

Leonel fue cambiando poco a poco sus actitudes. Su futuro se vislumbraba muy prometedor. Consiguió el título tan esperado y en plena juventud. Jamás volvió con aquel malvado albañil para presentarle su título de licenciado. Quiso olvidar sus experiencias pasadas. Negaba que le hubieran afectado. Sin embargo, su forma de expresarse era diferente a la de los demás.

Ahora Leonel es un profesional. Ya no pide la opinión de los demás, ni le interesa. Con frecuencia asevera: ¡Tengo un buen proyecto! ¡Hice una muy buena canción! ¡Desarrollé un dibujo casi perfecto!

De vez en cuando exclama: ¡Ustedes los humanos se preocupan demasiado por las cosas pequeñas! ¡Eso no sucede en mi planeta!

Leonel es así.

Sus amigos se llevan bien con él, pero no dudan en decir: Es un hombre presumido.

Autor: Edwin Rolando García Caal